Educar. Arte, ciencia y paciencia.

Educar. Arte, ciencia y paciencia.

jueves, 29 de junio de 2017

NUEVA PUBLICACIÓN


Este libro sobre la educación tiene un sencillo objetivo: descomplicar. Suele decirse que los tiempos que corren no facilitan la elemental tarea humana de educar, entre tantos cambios sociales, tantos planes educativos, tanta crisis de la modernidad… Es cierto, pero también lo es que muchas veces los árboles impiden ver el bosque, y el sentido común, el amor sencillo a las personas, la confianza en la vida, el buen humor y el esfuerzo humilde son las mejores armas para llevar a buen término, a pesar de los pesares, el derecho y el deber de educar.



jueves, 22 de junio de 2017

EL PROBLEMA DEL SEÑOR "X"



EL PROBLEMA DEL SEÑOR "X"

No creo que sea exagerado suponer que siete de cada diez que lean estas líneas tendrán algún tipo de dificultad con algún otro ser humano. Las personas que nos emplean o las que son empleados nuestros, las que comparten nuestra casa o aquellas con las que compartimos la suya, nuestros parientes políticos o nuestros padres o nuestros hijos, nuestra esposa o nuestro marido nos están haciendo la vida, en el trabajo o en el hogar, más difícil de lo que sería necesario en estos días. (...) Un amigo lejano nos pregunta por qué estamos tan malhumorados y la respuesta salta a la vista.
En ocasiones así, el amigo lejano suele decir: "¿Por qué no habla con ellos? ¿Por qué no se reúne con su esposa (o con su marido, o con su padre, o con su jefe o con su patrona o von su huésped) y lo resuelve hablando? La gente suele ser razonable. Todo lo que se debe hacer es conseguir que vean las cosas a la verdadera luz. Explíqueselo de forma tranquila razonable y pacífica". Pero nosotros, veamos lo que veamos exteriormente pensamos con tristeza: "No conoce a X". Nosotros sí, y sabemos lo imposible que resulta hacerla entrar en razón.
(...) Nosotros sabemos, en efecto, que cualquier intento de hablar con "X" naufragará en el viejo y fatal defecto del carácter de "X". (...) Hasta cierta edad mantuvimos tal vez la ilusión de que algún golpe de suerte -una mejoría del estado de salud, un aumento de salario, el fin de la guerra- resolviera las dificultades. Pero ahora lo sabemos mejor. (...) Incluso si nos hiciéramos millonarios, nuestro marido seguiría siendo un matón, o nuestra esposa seguiría bebiendo o tendríamos que seguir viviendo con nuestra suegra en casa.
Entender que es así significa un gran paso adelante. Me refiero a arrostrar el hecho de que, aún cuando todas las cosas exteriores marcharán bien, la verdadera felicidad seguirá dependiendo del carácter de las personas con las que tenemos que vivir, algo que nosotros no podemos cambiar.
Y ahora viene lo importante. Cuando vemos estas cosas por primera vez, tenemos un destello de que algo semejante le debe ocurrir a Dios. A esto es, en cierto modo, a lo que Dios mismo debe enfrentarse. El ha previsto un mundo rico y hermoso en el que poder vivir. Nos ha dado inteligencia para saber cómo se puede usar y conciencia para comprender que uso se debe hacer de él. (...) Pero después de haber hecho todo esto, ve malogrados sus planes -como nosotros vemos malogrados nuestros pequeños planes- por la maldad de las propias criaturas. Convertimos las cosas que nos ha dado para ser felices en motivos de disputa y envidias, de desmanes, acumulación y payasadas.
Podemos decir que para Dios todo es diferente, pues Él podría, si quisiera, cambiar el carácter de las personas, cosa que nosotros no somos capaces de hacer. Pero esta diferencia no es tan decisiva cómo podemos pensar al principio. Dios se ha dado a sí mismo la regla de no cambiar por la fuerza el carácter de las personas. Dios puede y quiere cambiar a las personas, pero solo si las personas quieren que lo haga. En este sentido, Dios ha limitado real y verdaderamente Su poder. (...) Prefiere un mundo de seres libres, con sus riesgos, que un mundo de personas que obraran rectamente como máquinas por no poder hacer otra cosa.
(...) Hay dos aspectos en que el punto de vista de Dios debe ser muy diferente del nuestro. En primer lugar, Dios ve, como nosotros, que las gente en nuestra casa o nuestro trabajo es peliaguda o difícil en diverso grado, pero cuando examina ese hogar, esta fábrica o esta oficina, ve más de una persona de esa condición, y ve a una que nosotros nunca vemos. Me refiero, por supuesto, a cada uno de nosotros mismos. Entender que nosotros somos también ese tipo de persona es el siguiente paso hacia la sabiduría. También nosotros tenemos un defecto fatal en el carácter. Las esperanzas y planes de los demás han naufragado una vez tras otra en nuestro carácter, como nuestros planes y esperanzas han naufragado en el de los demás.
(...) Dios ve todos los caracteres, yo todos menos el mío. La segunda diferencia es la que sigue. Dios ama a las personas a pesar de sus imperfecciones. (…) No digamos, "para Él es muy fácil, Él no tiene que vivir con ellos". Tiene. Dios está dentro y fuera de ellos. (…) Cualquier pensamiento vil de su mente (y de la nuestra), cualquier momento de rencor, envidia, arrogancia, avaricia y presunción se alza directamente contra Su paciencia y amor anhelante, y aflige Su espíritu más de lo que se aflige el nuestro. 
(…) Sugiero un razonamiento que debemos imponernos a nosotros mismos: abstenerse de pensar en las faltas de las gentes a menos que lo requieran nuestros deberes como maestro o como padre. ¿Por qué no echar a empujones de nuestra mente los pensamientos que entren innecesariamente en ella? ¿Por qué no pensar en los propios defectos en vez de pensar en las faltas de los demás? (…) Entre todas las personas difíciles de nuestra casa o nuestro trabajo hay una que podemos mejorar mucho.
(…) ¿Cuál es, a la postre, la alternativa? Vemos con suficiente claridad que nada, ni siquiera Dios con todo Su poder, puede hacer que "X" sea realmente feliz mientras siga siendo envidioso, egocéntrico y rencoroso. Dentro de nosotros hay, seguramente, alguna cosa que, a menos que la cambiemos, no permitirá al poder De Dios impedir que seamos eternamente miserables (...).
C. S. Lewis 
Dios en el banquillo
(RIALP)


sábado, 17 de junio de 2017

LA FAMILIA RESUELVE MUCHOS DE LOS PROBLEMAS QUE TRATAN DE SOLUCIONAR LAS LEGISLACIONES.



La familia resuelve muchos de los problemas que tratan de solucionar las legislaciones.

°

         Me vienen a la memoria los años de mi juventud en mi barrio, el Cerro del Águila. Barrio periférico y humilde de Sevilla, allá por los años sesenta. 

         Las familias eran las alas de la gallina clueca donde se recibía el calor y la solución a los no pocos problemas algunos básicos que nos acuciaban en aquellos años de penuria.

         La infraestructura y los servicios públicos se limitaban a un alcantarillado de los de aquellos tiempos, y a la recogida de basuras. El agua había que transportarla desde una fuente que se encontraba en el Matadero Municipal, y el carbón y la leña eran el combustible que consumían las humildes y económicas cocinas de aquella época.

         En la calle nos conocíamos todos y ante un problema, era la vecindad la que arrimaba el hombro. Recuerdo que había una matrona a la que se acudía cuando se presentaba la hora de incrementar el número de habitantes de nuestro barrio, aunque en más de una ocasión eran las vecinas las que ejercían de comadronas ante una necesidad que no podía esperar. La calle educaba y el temor ante la amenaza de un vecino se lo voy a decir a tus padres, te libraba de cometer más de una gamberrada; la autoridad ejercía; el maestro educaba y la religión era veleta que orientaba nuestras inquietudes. Las tertulias veraniegas en las puertas de la calle eran "telediarios locales interactivos", pues todos participaban y era fuentes inagotables del saber popular.  No me resisto a reseñar una vivencia personal en unas de esas tertulias veraniegas. Un día me lance y conté el siguiente chiste:
Una cabaña, un indio dentro con una india y otro indio fuera:
–¿Quién está haciendo el indio?

         Hubo sus risas, y la reprimenda de una de las vecinas que me llamó al orden. No se me olvidó nunca, pues me ha servido para pensar desde entonces en lo que voy a decir, y dónde lo voy a decir.

         Ni que decir tiene, que en todas las épocas cuecen habas, y que los problemas familiares y personales acompañaban la existencia cotidiana.

         Actualmente, el Cerro del Águila ha pasado a ser como yo digo un poco en broma un barrio autosuficiente. Hemos ganado muchas cosas en el plano material, pero hemos perdido otras que son más importantes que las materiales.

         ¿Pero sólo en el Cerro del Águila? Creo que no. En la actualidad estamos siendo gobernados frecuentemente por personas que desconocen la condición humana y su carácter trascendente, pues no legislan a favor de la familia, sino en su contra no pocas veces. Todos sabemos que la acción de la familia solucionaría más de uno de los problemas que se tratan de remediar con unas leyes que al poco tiempo quedan sin efectividad, arrolladas por la realidad del problema que que­rían atajar, y que son sustituidas por una nueva legislación que correrá la misma suerte que la anterior. Se me ocurre un ejemplo: es como si le hiciéramos un agujero a un barco que zozobra para darle salida al agua.

         Cuando el hombre pierde el sentido de su existencia, y piensa que no hay nada ni nadie que le trascienda, es su yo, sus intereses, los que marcan el rumbo de su conducta. Para estas personas la ley es papel mojado que utilizarán a su conveniencia: "Justicia, Señor, pero en la casa de enfrente".
         Si destruimos la institución matrimonial y el lugar donde la persona recibe los valores que ningún otro estamento es capaz de suplir, la sociedad se resentirá y la convivencia será cada vez más complicada.

         C. S. Lewis, en El problema del dolor, lo resume de una forma clara:

Si siendo cobarde, vanidoso y perezoso, aún no le ha causado mayor daño a un semejante, es solo porque el bienestar de su prójimo todavía no ha entrado en conflicto con su propia seguridad, con su autocom­placen­cia, o con su comodidad. Todo vicio lleva a la crueldad.

                     Y no digamos cuando los hombres se atreven a meter sus manos en el tapiz de la vida –concepción y muerte–, y se sienten con el derecho a enmendar la plana a Dios, erigiéndose en dueño y señor de algo que no domina; agujereando con leyes la dignidad del ser humano, y decidiendo sobre quién tiene derecho o no a comenzar o a finalizar su vida. 


sábado, 3 de junio de 2017

ESTAR EN UNA SILLA DE RUEDA NO ES UNA DESGRACIA


Estar en una silla de rueda no es una desgracia. La verdadera desgracia es no tener quien la empuje. Por tanto, empuja para que te empujen.

Solo recoge el que siembra.

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         Muchas veces actuamos como si fuésemos autosuficientes, como si no tuviésemos necesidad de los demás ni los demás nos necesitaran a nosotros: que se busquen la vida.

         El tiempo nos abrirá los ojos. Será cuando nuestra falta de vitalidad nos haga comprender que los hombres demandamos ayuda en los primeros y últimos años de nuestra vida: en la primera etapa, de nuestros padres, y en la última, de nuestros hijos.
           
         Es cierto que en el núcleo familiar se han producido una serie de cambios que dificultan la atención a los mayores: circunstancias familiares, problemas laborales y muchos otros que hacen difícil esta atención. No obstante, en otras ocasiones el problema es de índole personal: falta espíritu de sacrificio, falta de entendimiento entre los esposos y con los hijos, y muchas falsas justificaciones que el egoísmo nos hace inventarnos.

         Todo lo anterior está muy bien, pero tendríamos que pensar que nuestros padres no han escatimado esfuerzos para sacarnos adelante, no solo cuando vivíamos bajo su techo, sino después, cuando hemos formado nuestra propia familia: ayuda económica o atención a los nietos, por ejemplo. Han estado disponibles y nos han prestado más de una ayuda para afrontar las dificultades de sacar adelante un nuevo hogar.

         Es de justicia que los hijos hagan frente a las necesidades que requieren sus mayores. Pero en el seno familiar surgen discrepancias cuando no tenemos asumido que mi suegra o mi suegro son además el padre o la madre de mi mujer, y que mi suegra o mi suegro son además, el padre o la madre de mi marido. Y si no queremos asumir esta responsabilidad nosotros mismos, lo que nunca deberemos impedir es que su hija o su hijo cumplan con este sagrado deber.